El Congreso mexicano había levantado la ley que proscribía del país a la familia del emancipador. De todos los hijos del emperador Agustín sólo habían contraído matrimonio dos: Ángel y Salvador.
Por Juan Balanso

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El Congreso mexicano había levantado la ley que proscribía del país a la familia del emancipador. De todos los hijos del emperador Agustín sólo habían contraído matrimonio dos: Ángel y Salvador.

El primero con aquella estadounidense de carácter fuerte que Ana María jamás recibiera, Alicia Green, y el segundo con la mexicana Rosario de Marzán, con la que vivió siempre unido y feliz. Cada uno de ellos tenía un hijo varón.

En abril de 1864, Maximiliano de Habsburgo, aceptó la corona que le ofrecía el elemento conservador mexicano, y arribó al país con su esposa, Carlota de Bélgica. No habían tenido hijos. La Casa de Austria tampoco parecía dispuesta a mezclarse más en aquella empresa —tildada por la corte vienesa de «aventura»— y Maximiliano tuvo que renunciar a sus derechos sucesorios en Europa, a la par que sus hermanos menores declaraban no querer saber nada de una hipotética herencia de la Corona mexicana.

Entonces se pensó en la posibilidad de adoptar y educar para el porvenir, como príncipes del Segundo Imperio, a los dos nietos de Agustín I, el pequeño Agustín, de dos años, y el joven Salvador, que contaba quince. De este modo se cerraría un interrogante cara al futuro, que estaba en todas las bocas, y se llevaría como príncipes a la Corte los nombres de quienes recordaban al promotor de la independencia.

El antiguo príncipe imperial, Agustín Jerónimo, comprendió que, por el contrario, su posición resultaría algo violenta en México. No por cuanto él tuviese aspiraciones al trono, ni ambiciones políticas —que no albergaba— pero sí porque los nuevos emperadores iban a encontrarse con un presunto príncipe heredero que casi les doblaba la edad, lo mismo que su hermano Angel, a quien en legítimo derecho familiar correspondería la herencia antes que a su hijo, el pequeño Agustín.

Había que saltarse a una generación y proteger el destino inesperado de los príncipes de Iturbide, encomendándolo a las personas de los dos niños llamados quizás un día a reinar en el trono de su abuelo.

José Luis Blasio, secretario particular y confidente del Emperador Maximiliano, ofrece en sus memorias:

«Como Maximiliano no tenía hijos, y sabía perfectamente que nunca los tendría, había formado el proyecto de adoptar a dos nietos del emperador Agustin de Iturbide. Se convino, pues, que a la muerte de Maximiliano subiría al trono Agustín de Iturbide, el nieto del emperador del mismo nombre o su primo Salvador. Salvador fue enviado a Europa a continuar su educación con una pensión adecuada a su rango de príncipe. Esto se hizo porque Su Majestad suponía que la mejor forma de gobierno que podía convenir al país era la de la Monarquía hereditaria encarnada en dos príncipes nacidos en México».

El príncipe Agustín y su primo Salvador sólo daban alegrías a Maximiliano. Salvador lograba los mejores resultados en la academia francesa donde había sido ingresado, mientras que Agustín crecía junto a los emperadores como un niño simpático y bien educado.

Su tía, la princesa Josefina, a su cuidado directo, acompañaba al pequeño a la residencia estival de Cuemavaca, la preferida del emperador, cuando allí se retiraban Maximiliano y Carlota en busca de quietud y reposo.

En octubre de 1866, la situación del Segundo Imperio se hizo crítica, por el empuje revolucionario acaudillado por Juárez. Maximiliano empezó a preocuparse por la suerte que pudiera correr los pequeños Agustín y Salvador.

A la muerte, sin descendencia, del príncipe Agustín en 1925, la herencia dinástica mexicana recayó en su sobrina María Josefa, la hija mayor del finado Salvador. La princesa se distinguía por su modestia y religiosidad y de su matrimonio en 1908 con el barón Johann Nepomuk Tunkl von Aschbrunn und Hohenstadt tuvo dos hijas, María Ana y Gisela. Ambas fueron registradas al nacer, por expreso deseo de su abuela, con el apellido compuesto de Tunkl-Iturbide (deseo confirmado por decreto del Real Ministerio del Interior húngaro).

La princesa María Josefa, primogénita de la Casa Imperial, falleció en un campo de concentración comunista rumano en 1949, donde había sido internada, con su segundo esposo, Charles de Garriere, bajo la acusación de «monárquicos» y «enemigos del pueblo».

Su heredera, desde el estricto punto de vista genealógico, era su hija mayor, María Ana (fallecido en 1999), pero ésta, soltera, de acuerdo con su madre y con su hermana Gisela (fallecido en 1999), casada con el conde Gustavo von Götzen, renunció en su sobrino el conde Maximiliano Götzen-Iturbide (apellido oficializado también por decreto del Real Ministerio del Interior húngaro), nacido en Beszterce el 2 de marzo de 1944 y casado en Melbourne en 1990 con Ana María von Franceschi, de nobleza ítalo-magiar, de la que tiene dos hijos, un hijo varón, Fernando Götzen-Iturbide, nacido en 1992 y heredero de la familia imperial mexicana y una hija Emanuela Götzen-Iturbide nacido en 1998 .

El conde Maximiliano Gotzén-Iturbide ha sido jefe de la Casa Imperial por casi cincuenta años, pero no desempeña ningún papel político y no actúa como activo aspirante a un trono, aunque se sabe depositario de una tradición histórica que respeta mucho. Reside en la localidad australiana de Perth, donde es un conocido hombre de negocios. La dinastía de Iturbide y tambien Habsburgo de México se perpetúa en su persona y descendencia

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